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viernes, 20 de noviembre de 2009

Calpiquenses si los habrá

Érase una vez en ese Macondo uruguayo ubicado al norte del país, un hombre tartamudo. Este era un tartamudo simpático y trabajador, aunque por el pueblo se lo tuviera como corto de luces.
Había empezado como todos en la zona, cortando caña como peludo, emparejándola, arrastrándola hasta la orilla del camino y dando una mano con las cadenas. De a poco se fue superando y hoy en día manejaba el flamante Bedford de don José, que de flamante tenía la fama nomás, ya que hacía cinco años que el gringo lo había comprado, pero como en la zona no había otro más nuevo, la gente lo mantenía con ese estatus.
Debido a esta fama, a que el gringo José era el más macanudo de los gringos y que el tarta buena gente, el grupete del pueblo que estaba más o menos en edad de salir a bailotear y trasnochar, lo convencieron de que los arrimara a lo de Perroni, donde tenía lugar el convite.
El tarta aceptó de buena gana, y prometió estar pronto al caer la noche, luego de convenir la esquina donde se iban a encontrar en el pueblo.
Toda la gente se preparó afanosamente, tratando de estar lo más atractivo y buenos y buenas mozos y mozas, ya que las reyertas y bailongos no eran demasiado comunes, debido a el gran trabajo que demandaba el cultivo de caña de azúcar.
Puntual, al final del camino aparecieron las luces del Bedford del gringo, y la gente se alborotó. A penas el tarta detuvo el camión, la gente se empezó a trepar de manera casi desesperada, buscando el mejor sitio en los bancos que se habían acondicionado anteriormente. El tarta se había parado a un costado de la puerta trasera. Se había bajado tartamudeando, haciendo gestos: intentaba decir algo.
-Su-su-su-su-
Al ver que no le hacían caso, y seguían subiendo, se ponía más nervioso y tu tartamudez emeporaba.
-Su-su-susu-su-susu-su-
Su frente comenzaba a perlarse de sudor y sus manos a humedecerse, mientras las agitaba descontroladamente.
-Su-suu-suu-su-su-su-suu-
Ya se habían subido los veinte, treinta, cuarenta que eran. Todos convenientemente acomodados. Ahora que el sentarse estaba solucionado, el barullo había disminuído y alguien dijo que el tarta quería decir algo. Lo miraron fijamente. Tenía la cara desencajada y se le notaba hasta un poco enojado. Por fin, luego de un sacudón que hizo con todo su cuerpo, como para sacar la frase que tenía atorada en la garganta, dijo a voz en cuello:
-¡Su-su-suu-supendieron el baile!

2 comentarios:

  1. ajaja ese cuuento esmaas viiejo! ja pero ta gueno! besos!
    Vale

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  2. JUA JUA JUA JUA!!!!! jamás lo había escuchado, no se si será de Calpica o de cualquier otro rincón del Uruguay pero lo contaste MUUUUUY bien, cariños

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