
Por Julio Mª Sanguinetti*
Cortesía de El Correo de los Viernes (22/10/2010)La adjudicación del Premio Nobel de Literatura a Mario Vargas Llosa ha prestigiado nuevamente al celebrado galardón. Y decimos que ha prestigiado al premio porque el premiado ya estaba consagrado desde hacía años, tanto por la crítica como por el público, que hasta se habían resignado a pensar que seguiría la misma suerte de Jorge Luis Borges, condenado por una prejuiciosa interpretación de sus actitudes cívicas.
Es de lamentar, con todo, que broten opiniones reconociendo el talento literario de la obra de Vargas Llosa pero que se sientan en la necesidad de aclarar que “no comparten sus ideas”, como si perteneciera a una secta maldita o sostuviera opiniones contrarias a la libertad, la democracia o los derechos humanos que, por el contrario, han sido los leit motiv de su prédica.
A José Saramago se le dio el Premio Nobel en 1998 y se reconoció así a un gran escritor, pese a que era comunista, un “dinosaurio” como él mismo dijo. El comunismo —hoy nadie puede discutirlo— donde gobernó atropelló todas las libertades y derechos humanos; el primero, el de expresión, que está en la esencia de la literatura. Sin embargo, nadie se sentó a aclarar que a Saramago se le reconocía pese a eso.
Distinto fue el caso de Darío Fó, en 1997, quien como escritor es menos que nadie, y en él se premió su excentricidad, su espíritu iconoclasta más que su calidad. Como otros galardonados en que, más que el valor de su producción, se distinguió su peripecia vital.
El hecho es que esta vez el premio tiene todo lo que debe poseer, tanto por lo literario como por la significación del gran intelectual en el debate universal.
La obra literaria de Vargas Llosa es notable y copiosa. Toca todas las cuerdas, además. Puede ser una agudísima sátira, como “Pantaleón y las Visitadoras”, o una epopeya, como “La Guerra del Fin del Mundo”. O bien una navegación filosófica, como “Conversaciones en la Catedral”. También el realismo de “La ciudad y los perros” alcanza notable altura, al igual que la vívida crónica contemporánea que asume en la historia dominicana de “La Fiesta del Chivo”. La crítica
literaria, incluso, ha sido un terreno propicio para memorables páginas sobre Flaubert o Stendhal y hasta una excelente lección interpretativa sobre nuestro Onetti.
En idioma español, hoy, solamente Carlos Fuentes podría competir con él, y ojalá este reconocimiento a la lengua latinoamericana no sea un impedimento para que en años próximos recaiga en el gran escritor mexicano. Por cierto que en la literatura universal existen hoy importantes escritores, pero pocos, muy pocos, pueden mostrar una obra de tanto valor y sobre
todo tan completa como ambos.
Mario Vargas Llosa, por aparte, ha sido un gran combatiente liberal. Socialista en su primera juventud, las decepciones provocadas por la deriva stalinista y sus aledaños le llevó a revalorizar la filosofía liberal, a la que sirvió devotamente. En su nombre intentó, incluso, alcanzar la Presidencia del Perú, de la que estuvo cerca y perdió a manos del enigmático Fujimori,
por entonces un oscuro personaje sin historia.
Recuerdo que el día en que se votaba nos encontramos con Octavio Paz en Madrid, y nos dijo que más que entusiasmo le inspiraba temor la candidatura de Mario, porque temía que se perdiera un formidable escritor y no estaba tan seguro de ganar un gran Presidente…
Su batalla liberal le ha significado el mote de conservador, por una izquierda vetusta que, pese a
sus fracasos, se cree aún autorizada a juzgar a todo el mundo y descalificar a quien piensa distinto. Por cierto, de conservador nada hay en la literatura de Vargas Llosa y, mucho menos, en su prédica, defensora encendida de cambios a favor de la libertad y la democracia, cuestionadora de las burocracias autoritarias y las intolerancias cometidas en nombre
de un supuesto progresismo.
Estos días han sido agradables para nuestro hemisferio. Entre el rescate de los mineros chilenos y el Premio Nobel a Mario Vargas Llosa, hemos tenido mucho para festejar. Y festejar con ganas y en serio.
Es de lamentar, con todo, que broten opiniones reconociendo el talento literario de la obra de Vargas Llosa pero que se sientan en la necesidad de aclarar que “no comparten sus ideas”, como si perteneciera a una secta maldita o sostuviera opiniones contrarias a la libertad, la democracia o los derechos humanos que, por el contrario, han sido los leit motiv de su prédica.
A José Saramago se le dio el Premio Nobel en 1998 y se reconoció así a un gran escritor, pese a que era comunista, un “dinosaurio” como él mismo dijo. El comunismo —hoy nadie puede discutirlo— donde gobernó atropelló todas las libertades y derechos humanos; el primero, el de expresión, que está en la esencia de la literatura. Sin embargo, nadie se sentó a aclarar que a Saramago se le reconocía pese a eso.
Distinto fue el caso de Darío Fó, en 1997, quien como escritor es menos que nadie, y en él se premió su excentricidad, su espíritu iconoclasta más que su calidad. Como otros galardonados en que, más que el valor de su producción, se distinguió su peripecia vital.
El hecho es que esta vez el premio tiene todo lo que debe poseer, tanto por lo literario como por la significación del gran intelectual en el debate universal.
La obra literaria de Vargas Llosa es notable y copiosa. Toca todas las cuerdas, además. Puede ser una agudísima sátira, como “Pantaleón y las Visitadoras”, o una epopeya, como “La Guerra del Fin del Mundo”. O bien una navegación filosófica, como “Conversaciones en la Catedral”. También el realismo de “La ciudad y los perros” alcanza notable altura, al igual que la vívida crónica contemporánea que asume en la historia dominicana de “La Fiesta del Chivo”. La crítica
literaria, incluso, ha sido un terreno propicio para memorables páginas sobre Flaubert o Stendhal y hasta una excelente lección interpretativa sobre nuestro Onetti.
En idioma español, hoy, solamente Carlos Fuentes podría competir con él, y ojalá este reconocimiento a la lengua latinoamericana no sea un impedimento para que en años próximos recaiga en el gran escritor mexicano. Por cierto que en la literatura universal existen hoy importantes escritores, pero pocos, muy pocos, pueden mostrar una obra de tanto valor y sobre
todo tan completa como ambos.
Mario Vargas Llosa, por aparte, ha sido un gran combatiente liberal. Socialista en su primera juventud, las decepciones provocadas por la deriva stalinista y sus aledaños le llevó a revalorizar la filosofía liberal, a la que sirvió devotamente. En su nombre intentó, incluso, alcanzar la Presidencia del Perú, de la que estuvo cerca y perdió a manos del enigmático Fujimori,
por entonces un oscuro personaje sin historia.
Recuerdo que el día en que se votaba nos encontramos con Octavio Paz en Madrid, y nos dijo que más que entusiasmo le inspiraba temor la candidatura de Mario, porque temía que se perdiera un formidable escritor y no estaba tan seguro de ganar un gran Presidente…
Su batalla liberal le ha significado el mote de conservador, por una izquierda vetusta que, pese a
sus fracasos, se cree aún autorizada a juzgar a todo el mundo y descalificar a quien piensa distinto. Por cierto, de conservador nada hay en la literatura de Vargas Llosa y, mucho menos, en su prédica, defensora encendida de cambios a favor de la libertad y la democracia, cuestionadora de las burocracias autoritarias y las intolerancias cometidas en nombre
de un supuesto progresismo.
Estos días han sido agradables para nuestro hemisferio. Entre el rescate de los mineros chilenos y el Premio Nobel a Mario Vargas Llosa, hemos tenido mucho para festejar. Y festejar con ganas y en serio.
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* Abogado, periodista, escritor, político, ex Presidente de la República (1985-1990, 1995-2000)
Salado!
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