John llegó hasta el borde de la rambla, sacó un cigarillo y lo encendió. En realidad, ese no era su verdadero nombre, pero para trabajar se lo había cambiado por uno más fachero y con onda, para así tener mayor éxito en sus empresas, cosa que de hecho sucedía.
Mientras miraba el agua calma bajo la noche estrellada, y echaba el humo por la comisura de la boca, pensaba si otros obtenían tanto placer de su trabajo como él. Estar siempre bien vestido, y no en el sentido de la pulcritud y presentación, sino en cuanto a marca y tendencia, salir a comer a los mejores restaurantes, bailar en los boliches más exclusivos y mantener muchas relaciones con distintas mujeres, a veces incluso de manera simultánea, era para el funte de infinita satisfacción. Como si fuera poco, su trabajo el dejaba contactos de gente influyente y regalos como perfumes y relojes importados.
Si bien se había esforzado por llegar a donde había llegado, era innegable el hecho de que las dos principales herramientas en su trabajo se las había dado la naturaleza. Una era su elegante aspecto físico: alto, ojos verdes, cabello rubio, músculos firmes y porte esbelto. La segunda era su carisma y labia. De no ser por éstas, no habría llamado la atención de las personas que lo habían colocado donde estaba, y sin duda tampoco habría tenido tanto éxito.
Se encontraba absorto en estos pensamientos cuando alguien pasó a su lado y se paró unos metros más allá, a su derecha. Dio vuelta lentamente la cara, mientras echaba el humo, y vio a una muchachita, de unos veinte años aproximadamente. Revolvía su cartera de manera rápida, como si estuviera ansiosa por encontrar lo que buscaba. Luego de unos momentos más de busqueda, sacó un paquete de cigarillos, tomó uno y se acercó.
-Disculpame, ¿tenés fuego?
John la miró. No era muy alta, tenía ojos marrón claro y un pelo rubio, muy cuidado, que le llegaba hasta la mitad de la cintura. Las curvas eran generosas e iban en consonancia con una mirada que al menos merecería la adjetivación de pícara.
Sin responderle, sacó su encendedor de su blazer y le encendió el cigarillo, mientras con la otra lo cubría para evitar que el viento lo apagara.
-Gracias.
Se separó un tanto y exhaló con placer el humo, cerrando los ojos. Aún los tenía así cuando habló.
-¿Cuánto cobrás?
John no la miró, sino que siguió posando sus ojos en el oscuro horizonte. Luego de unos momentos, respondió.
-¿A que te referís?
-Sabés a que.
-¿Por eso me seguiste toda la noche?
Esta vez, ella se tomó su tiempo.
-Tal vez. Las mercancías se valúan antes de adquirirlas.
-No me halagues.
-No me contestaste.
Ambos seguían sin mirarse, fumando y apoyados en el muro.
-Sos muy chica.
-No es así. Hoy en día a mi edad se tiene camino recorrido. Y más si hablamos de mí.
-Ponelo así entonces: soy muy grande para vos.
-Qué poca confianza en sí mismo. ¿No te creés capaz?
En ese momento, John se dio media vuelta y la miró. Ella hizo lo mismo.
-¿Qué buscás? Te lo pregunto en serio.
-Lo que ofrecés.
-Es más que eso.
-A mí solo me interesa eso.
-No creo que una chica como vos tenga problema consiguiendolo donde quiere. ¿Por qué recurrir a mí?
-Para probar nuevas sensaciones.
-¿A los veinte años?
-¿Qué mejor edad?
La mocosa ya lo tenía cansado. Qué más daba. Estaba buena y le iban a pagar. Pero sobre todo, iba a demostrarle con quién se metía. Estaba demasiado cocorita y alguien tenía que ponerle coto.
-Son doscientos, en efectivo y por adelantado -le respondió, mientras tiraba la colilla al suelo y la pisaba para apagarla.
-Me imagino que verdes.
-Te imaginás bien.
-¿Te parece si te los doy en el auto?
-Está bien. Andá trayéndolo, que yo entro un minuto y salgo.
Sin esperar respuesta, se volvió y enfiló hacia el boliche. La brisa soplaba suave y mecía los arbustos artificiales de la entrada.
Saludó con una inclinación de cabeza al portero mientras éste le abría la puerta. Dentro, la música estallaba en los oídos y la gente bailaba entusiasmada. Se dirigió a la barra y la encontró donde la había dejado.
-Marta, bonita -dijo, mientras tocaba el hombro de una mujer corpuleta de unos cuarenta años.
La aludida giró el asiento y lo miró, sonriendo, mientras sorbía un trago con pajita. A pesar de maquillarse en exceso, tenía unos ojos marrón claro que resaltaban sus facciones y de los cuales partía una mirada pícara, seductora.
Al pensar eso, John tuvo un rápido déjà vu, del cual salió cuando Marta le habló.
-¿Te despejaste, cariño?
-Sí. Siempre viene bien el aire fresco de la noche.
-Me alegro.
-Escuchame, me tengo que ir. Me acaban de avisar que internaron a una tía y...
-Shh -le dijo Marta, mientras ponía un dedo en sus labios- no me tenés que explicar nada. Andá, que ya nos veremos.
Acto seguido, sacó de su brasier un par de billetes envueltos y se los entregó.
-Buen trabajo el de hoy, aunque haya sido incompleto. Me lo cobraré la próxima. Adiós.
Sonriendo y asintiendo, John abandonó el lugar. A la salida, se paró un momento en la puerta, buscándola con la mirada. La vio unos metros más allá, estacionada sobre la calle.
-Estoy listo -dijo, una vez que entró al auto.
-Acá tenés tu paga, en verde contante y sonante.
Se metió la mano en el brasier, sacó el dinero y se lo entregó, añadiendo:
-Sos caro, ¿eh? Más vale que lo valgas.
-Con creces -respondió, mientras lo guardaba junto con el dinero que le acababan de dar.
La chica condujo vertiginosamente hasta un pequeño hotel con modalidad de bungalows en el barrio más exclusivo de la ciudad. Se apearon y dirigieron hacia la recepción, mientras un ballet parking se encargaba del deportivo.
La recepción estaba iluminada tenuemente. Detrás de un mostrador con mesada de roble lustrada hasta el reflejo, estaba el encargado impecablemente uniformado.
-Buenas noches. Bienvenidos al Fland Apart.
La muchacha se hizo cargo de la situación, mientras John observaba, unos pasos por detrás de ella. Una vez concluído el papeleo, un botones los acompañó hasta el bungalow y les dio la indicaciones usuales. Luego de tener una generosa propina en la mano, los dejó a solas. No habían cruzado palabra hasta entonces.
John se sacó el blazer y lo colgó prolijamente del resplado de una silla.
-¿Qué te sirvo? -preguntó, mientras se dirigía al minibar.
-Dom Perignon -le contestó, mientras se quitaba las sandalias de taco alto.
-El vino es más estimulante en estos casos.
-¿Ah sí? Entonces vamos a hacerle caso al experto.
John terminó de servir y se acercó con dos copas de vino de exquisito aroma. Le tendió una y se sentó en el borde de la cama, frente a ella.
-Por hoy -brindó.
-Por vos -lo corrigió ella.
Bebieron en silencio y ella lo miró. John volvió a sentir que ya conocía esos ojos, esa mirada, de algún lado, pero no tuvo tiempo de pensar más. La chica había dejado a un lado su copa y se abalazó sobre él, besándolo intensa, fúricamente. Su copa cayó al piso, manchando la moquette, y a los segundos la acompañó su camisa.
Luego del encuentro, que fue uno de los más salvajes y desesperados que John recordaba haber tenido, estaba tendido en la cama, a medio tapar. Ella se estaba terminado de vestir. Luego de arreglarse el pelo con la mano rápidamente frente al espejo, sacó de su bolso un cigarillo y se acercó a él.
-¿Fuego? -pidió, y sonrió.
John le encendió el cigarillo, tal cual había hecho un par de horas antes.
-¿Qué tal? -le preguntó.
-Gasté bien los doscientos palos -contestó ella, sonriendo.
Exhaló el humo con satisfacción, cerrando los ojos, mientras seguía de pie junto a la cama.
-¿Ves que sí..
Pero no llegó a terminar la frase. La chica le puso un dedo sobre los labios mientras se acercaba a su oreja, con el cuerpo apoyado sobre el de él.
-Hablás mucho, chiquito -le dijo con voz suave. Sólo te voy a decir una cosa: mamá tenía razón, sos bueno. Siempre tuvo paladar fino. Ya nos veremos.
Lo último que John vio fueron esos ojos marrones, que se clavaron una milésima de segundo en los suyos, para luego desaparecer por la puerta rápidamente junto con su dueña, acompañados del ruido apagado de los tacos al repicar en el suelo.
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