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jueves, 28 de octubre de 2010

Halloween: ¿Dulce o Truco? ¿Qué hacemos los cristianos el 31 de octubre?


Por Pbro. Miguel Pastorino*


Hace pocos días vi una propaganda de cubrecamas y toallas para niños, estampadas con la imagen de un ataúd que contenía una sonriente calavera. Me pregunté: ¿por qué puede llegar a fabricarse algo tan morboso para un niño? ¿Le gustará a alguno irse a dormir viendo la imagen de la muerte en su propia cama? Al comentar mis dudas me dijeron: ¡es que se viene la fiesta de Halloween!
En efecto, durante la noche del 31 de octubre cada año se ha extendido con más fuerza, especialmente entre niños y adolescentes, el festejo de Halloween.
Cuando se acerca la fecha se escuchan todo tipo de opiniones acerca del tema. Desde quienes demonizan la fiesta, pensando que si sus hijos se disfrazan de vampiros, estarán rindiendo culto al mismo Lucifer, hasta quienes dicen: “es una fiesta inocente, burlesca y sin ninguna connotación religiosa o filosófica”. Por eso, muchas instituciones educativas las promueven “porque divierte mucho a los niños”. Ese parece ser el más fuerte argumento: ¡es divertido! Pero pocos parecen caer en la cuenta de que Halloween está suplantando, nada menos que a la Fiesta de Todos los Santos que la Iglesia celebra el 1º de noviembre.

En los orígenes…

El nombre Halloween es la deformación americana del término, en el inglés de Irlanda, «All Hollows' Eve»: Vigilia de Todos los Santos. Debido a la costumbre inglesa de contraer los nombres para una pronunciación más rápida y directa, esto derivó en el definitivo "Halloween", aunque la fiesta religiosa original nada tiene que ver con la celebración del Halloween actual.
Esta antiquísima fiesta cristiana llegó a Estados Unidos junto con los emigrantes irlandeses, que tenían una profunda devoción por los santos. Y allí echó raíces para sufrir paulatinamente una radical transformación, perdiendo el sentido católico de esa noche y acentuando el aspecto lúgubre y morboso, lleno de terror y fantasmas, donde los muertos se alzan atormentando a los vivos.
Halloween no es más que la última versión, secularizada y repaganizada, de una fiesta católica, que se fue transformando en un carnaval del terror y en una gran oportunidad para el consumo. Actualmente muchos están buscando, en su versión “New Age”, sus raíces paganas, reorganizando un nuevo calendario esotérico.

Antes del cristianismo

La fiesta se remonta, en realidad, a tiempos anteriores al cristianismo. Hacia el siglo VI antes de Cristo, los antiguos celtas del norte de Europa celebraban el 1 de noviembre, como el primer día del año. La fiesta de Samhein, fiesta del sol, que comenzaba la noche del 31 de octubre, marcaba el fin del verano y de las cosechas. Los colores del campo y el calor del sol desaparecían ante la llegada de los días de frío y oscuridad. Creían que en aquella noche, el dios de la muerte permitía a los difuntos volver a la tierra, fomentando un ambiente de muerte y terror. La separación entre los vivos y los muertos se disolvía aquella noche, haciendo posible la comunicación entre unos y otros. Según la religión celta, las almas de algunos difuntos estaban atrapadas dentro de animales feroces y podían ser liberadas ofreciendo a los dioses sacrificios de toda índole, incluso sacrificios humanos.
Creían que esa noche los espíritus malignos, fantasmas y otros monstruos salían libremente para aterrorizar a los hombres. Para aplacarlos y protegerse se hacían grandes hogueras y, disfrazándose de maneras macabras, trataban de pasar desapercibidos a sus miradas amenazantes.

Cuando los pueblos celtas se convirtieron al cristianismo, no todos renunciaron a las costumbres paganas. En el siglo VIII, el cristianismo colocó la fiesta de Todos los Santos el 1º de Noviembre, quedando así la noche del 31 de octubre, como la Vigilia de esa gran fiesta. La coincidencia cronológica generó no pocas supersticiones sincretistas, que mezclaron la fiesta de los santos, con las antiguas creencias celtas.
Sin embargo el “Halloween” que hoy se celebra muy poco tiene que ver con los celtas, y menos aún con la fe cristiana. Es un fenómeno completamente estadounidense.

Los mejores consumidores del nuevo mercado: niños y adolescentes.

Obviamente, ante una globalización cultural, Uruguay no podía pasar mucho tiempo sin adoptar los nuevos “cultos” de la sociedad de consumo, en una resignada digestión que asimila cuanta frivolidad venga de parte del dios mercado.
Asistimos en Halloween a una proliferación de artículos más o menos macabros, como calaveras, esqueletos, brujas, vampiros, tableros ouija, y un sinfín de productos en la línea del ocultismo.
Aparentemente no se presenta como una oferta religiosa, sino como una parodia de la religiosidad cristiana auténtica, con fines preferentemente consumistas: vender productos de carnaval, además de espacios publicitarios en las películas de terror y sitios en internet. Halloween se propone comercialmente como una fiesta joven, divertida, diferente, «transgresora». Y aquí, niños y adolescentes son los destinatarios privilegiados del nuevo producto...

¿Sólo diversión? En el umbral del espiritismo...

Pero tampoco puede considerarse como un mero fenómeno comercial, ya que se ha transformado en una fiesta importante del calendario neopagano y muchos movimientos, películas, literatura, y diversas propuestas culturales fomentan, a la luz de esta fiesta, creencias de tipo gnóstico, esotérico y espiritista, claramente opuestas a la fe cristiana.
Nos parece importante tomar conciencia de la cantidad de niños y adolescentes que adhieren ingenuamente a un sinfín de creencias ocultistas, gracias a la poca capacidad crítica de sus padres y educadores frente a la colonización cultural en la que nos encontramos. No son pocos, los que cada vez son más permeables y crédulos para traer de los pelos todo tipo de propuestas espirituales y ocultistas que estén de moda, sin percibir sus reales contenidos a primera vista. Si un padre no está de acuerdo con la religiosidad ocultista, ¿tiene que aceptar que le impongan a sus hijos la fiesta de Halloween en su jardín o escuela en la versión pagana?
Para darse cuenta de la magnitud del fenómeno, basta consultar cuanto ha crecido entre niños y adolescentes la creencia en el contacto con los difuntos -de tipo espiritista- y el miedo a fenómenos ocultistas, o el interés por lo paranormal. Si bien la culpa no es de la fiesta de Halloween, ella se ha vuelto parte de la propuesta cultural esotérica y espiritista que prolifera ya en gran cantidad de películas, telenovelas, dibujos animados y videojuegos. Y la avalancha de materiales que reciben los niños siempre están educando en un contenido, sea explícito o implícito. Siempre se transmite una visión del hombre que sienta las bases para opciones que pueden venir un poco más tarde.
Lo más preocupante y contradictorio es que los principales promotores y organizadores de estos festejos sean, en su mayoría, los propios padres y educadores. Y más preocupante para nosotros es que pasen olímpicamente en instituciones católicas con el argumento de: ¡es divertido! ¡Cómo si algo por ser divertido automáticamente fuera inofensivo y jusfiticable!

¿Qué hacemos entonces con Halloween?

No pensamos que haya que condenar demonizando la fiesta, pero sí informar al menos sobre el origen y sentido del fenómeno, y ver que se da una excelente oportunidad para hablar de los santos, la muerte y la vida eterna (en vísperas del 1 y 2 de noviembre) anunciando la buena noticia del amor de Dios que nos salva, rescatándonos de toda forma de mal.
Un especialista europeo en este tema (P. Gulisano), recomienda a padres y educadores:
"Educadores y familias deberían movilizarse contra la falta de educación, de buen gusto, contra la profanación del misterio de la muerte y de la vida tras la muerte, pero no es fácil ir contra corriente, desafiar las modas imperantes.
Entonces se puede hacer fiesta en Halloween, recordando lo que este día ha significado durante siglos y lo que sigue testimoniando. Hay que salvar Halloween, dándole todo su antiguo significado, liberando esta fiesta de la dimensión puramente consumista y comercial y sobre todo extirpando la pátina de ocultismo sombrío del que ha sido revestida.
Por tanto, aconsejaría organizar la fiesta y explicar claramente que se está festejando a los muertos y los santos, en modo positivo e incluso simpático para que los niños sean educados en una visión de la muerte como un acontecimiento humano, natural, del que no hay que tener miedo...
En mi opinión se puede y se debe hacer fiesta. El 1 de noviembre, que fue el Año Nuevo celta y luego Todos los Santos, es una festividad extraordinaria para los cristianos, y no vale la pena dejarla en manos de charlatanes y ocultistas. No hay que tener miedo del Halloween «malo», y por esto hay que conocerlo bien. Halloween, de todas formas, no se puede ignorar, y forma parte ya del escenario de nuestros tiempos".
(Entrevistado por Zenit).

Una educación responsable

Si bien es verdad que muchos niños solo lo celebran como una mera diversión, no es menos cierto que el mundo de los espíritus y la brujería es cada vez más cotidiano para ellos y se les despiertan muchas dudas sobre estos temas.
Mientras sigue avanzando una visión secularista y pragmática de la vida, dejando a Dios de lado, crece una gran avidez por lo oculto y lo extraño. Progresivamente nos encontramos con una mayor superstición y credulidad en antiguos mitos paganos... y el imaginario de chichos y grandes parece ser asaltado por toda clase de fuerzas ocultas, fantasmas y hechizos.
Sin la fe en Dios, el ser humano se arrastra hacia la necesidad de protegerse de fuerzas extrañas que no puede dominar, llenándose de miedo y buscando solución en ese mismo mundo lleno de espíritus, fantasmas y "energías".
Como cristianos, profesamos que solo Jesucristo nos libera de la muerte y de toda forma de mal. Solo Él es la luz que brilla en la oscuridad de los largos inviernos espirituales del hombre. Solo El le da sentido al sufrimiento con su Cruz. Solo El es vencedor sobre el horror y la muerte. Solo Dios basta para quién ha recibido la gracia y vive como discípulo de Cristo.
Seguir a Jesús, y celebrar los santos en la víspera del 1 de noviembre, es celebrar la vida, la victoria del amor sobre el odio, la victoria de la vida sobre la muerte, la victoria de Jesucristo que es nuestra, porque estamos unidos a él.
No creo que haya recetas para desafíos de este tipo, pero lo que se puede pedir a cualquier cristiano es un mínimo de discernimiento y responsabilidad frente al consumo de fenómenos que si en sí mismos pueden parecer inofensivos, abren la puerta a no pocos peligros y tergiversaciones del sentido de la vida y de la muerte, del sentido de la diversión y de la fiesta. Enseñarle a los niños el verdadero contenido de la fiesta en una visión crítica, es parte de una educación responsable.
X
*Director del Departamento de Comunicación Social de la Arquidiócesis de Montevideo.

viernes, 22 de octubre de 2010

Un gran Premio Nobel


Por Julio Mª Sanguinetti*
Cortesía de El Correo de los Viernes (22/10/2010)

La adjudicación del Premio Nobel de Literatura a Mario Vargas Llosa ha prestigiado nuevamente al celebrado galardón. Y decimos que ha prestigiado al premio porque el premiado ya estaba consagrado desde hacía años, tanto por la crítica como por el público, que hasta se habían resignado a pensar que seguiría la misma suerte de Jorge Luis Borges, condenado por una prejuiciosa interpretación de sus actitudes cívicas.
Es de lamentar, con todo, que broten opiniones reconociendo el talento literario de la obra de Vargas Llosa pero que se sientan en la necesidad de aclarar que “no comparten sus ideas”, como si perteneciera a una secta maldita o sostuviera opiniones contrarias a la libertad, la democracia o los derechos humanos que, por el contrario, han sido los leit motiv de su prédica.
A José Saramago se le dio el Premio Nobel en 1998 y se reconoció así a un gran escritor, pese a que era comunista, un “dinosaurio” como él mismo dijo. El comunismo —hoy nadie puede discutirlo— donde gobernó atropelló todas las libertades y derechos humanos; el primero, el de expresión, que está en la esencia de la literatura. Sin embargo, nadie se sentó a aclarar que a Saramago se le reconocía pese a eso.
Distinto fue el caso de Darío Fó, en 1997, quien como escritor es menos que nadie, y en él se premió su excentricidad, su espíritu iconoclasta más que su calidad. Como otros galardonados en que, más que el valor de su producción, se distinguió su peripecia vital.
El hecho es que esta vez el premio tiene todo lo que debe poseer, tanto por lo literario como por la significación del gran intelectual en el debate universal.
La obra literaria de Vargas Llosa es notable y copiosa. Toca todas las cuerdas, además. Puede ser una agudísima sátira, como “Pantaleón y las Visitadoras”, o una epopeya, como “La Guerra del Fin del Mundo”. O bien una navegación filosófica, como “Conversaciones en la Catedral”. También el realismo de “La ciudad y los perros” alcanza notable altura, al igual que la vívida crónica contemporánea que asume en la historia dominicana de “La Fiesta del Chivo”. La crítica
literaria, incluso, ha sido un terreno propicio para memorables páginas sobre Flaubert o Stendhal y hasta una excelente lección interpretativa sobre nuestro Onetti.
En idioma español, hoy, solamente Carlos Fuentes podría competir con él, y ojalá este reconocimiento a la lengua latinoamericana no sea un impedimento para que en años próximos recaiga en el gran escritor mexicano. Por cierto que en la literatura universal existen hoy importantes escritores, pero pocos, muy pocos, pueden mostrar una obra de tanto valor y sobre
todo tan completa como ambos.
Mario Vargas Llosa, por aparte, ha sido un gran combatiente liberal. Socialista en su primera juventud, las decepciones provocadas por la deriva stalinista y sus aledaños le llevó a revalorizar la filosofía liberal, a la que sirvió devotamente. En su nombre intentó, incluso, alcanzar la Presidencia del Perú, de la que estuvo cerca y perdió a manos del enigmático Fujimori,
por entonces un oscuro personaje sin historia.
Recuerdo que el día en que se votaba nos encontramos con Octavio Paz en Madrid, y nos dijo que más que entusiasmo le inspiraba temor la candidatura de Mario, porque temía que se perdiera un formidable escritor y no estaba tan seguro de ganar un gran Presidente…
Su batalla liberal le ha significado el mote de conservador, por una izquierda vetusta que, pese a
sus fracasos, se cree aún autorizada a juzgar a todo el mundo y descalificar a quien piensa distinto. Por cierto, de conservador nada hay en la literatura de Vargas Llosa y, mucho menos, en su prédica, defensora encendida de cambios a favor de la libertad y la democracia, cuestionadora de las burocracias autoritarias y las intolerancias cometidas en nombre
de un supuesto progresismo.
Estos días han sido agradables para nuestro hemisferio. Entre el rescate de los mineros chilenos y el Premio Nobel a Mario Vargas Llosa, hemos tenido mucho para festejar. Y festejar con ganas y en serio.
X
* Abogado, periodista, escritor, político, ex Presidente de la República (1985-1990, 1995-2000)

jueves, 21 de octubre de 2010

Ojos marrones

John llegó hasta el borde de la rambla, sacó un cigarillo y lo encendió. En realidad, ese no era su verdadero nombre, pero para trabajar se lo había cambiado por uno más fachero y con onda, para así tener mayor éxito en sus empresas, cosa que de hecho sucedía.
Mientras miraba el agua calma bajo la noche estrellada, y echaba el humo por la comisura de la boca, pensaba si otros obtenían tanto placer de su trabajo como él. Estar siempre bien vestido, y no en el sentido de la pulcritud y presentación, sino en cuanto a marca y tendencia, salir a comer a los mejores restaurantes, bailar en los boliches más exclusivos y mantener muchas relaciones con distintas mujeres, a veces incluso de manera simultánea, era para el funte de infinita satisfacción. Como si fuera poco, su trabajo el dejaba contactos de gente influyente y regalos como perfumes y relojes importados.
Si bien se había esforzado por llegar a donde había llegado, era innegable el hecho de que las dos principales herramientas en su trabajo se las había dado la naturaleza. Una era su elegante aspecto físico: alto, ojos verdes, cabello rubio, músculos firmes y porte esbelto. La segunda era su carisma y labia. De no ser por éstas, no habría llamado la atención de las personas que lo habían colocado donde estaba, y sin duda tampoco habría tenido tanto éxito.
Se encontraba absorto en estos pensamientos cuando alguien pasó a su lado y se paró unos metros más allá, a su derecha. Dio vuelta lentamente la cara, mientras echaba el humo, y vio a una muchachita, de unos veinte años aproximadamente. Revolvía su cartera de manera rápida, como si estuviera ansiosa por encontrar lo que buscaba. Luego de unos momentos más de busqueda, sacó un paquete de cigarillos, tomó uno y se acercó.
-Disculpame, ¿tenés fuego?
John la miró. No era muy alta, tenía ojos marrón claro y un pelo rubio, muy cuidado, que le llegaba hasta la mitad de la cintura. Las curvas eran generosas e iban en consonancia con una mirada que al menos merecería la adjetivación de pícara.
Sin responderle, sacó su encendedor de su blazer y le encendió el cigarillo, mientras con la otra lo cubría para evitar que el viento lo apagara.
-Gracias.
Se separó un tanto y exhaló con placer el humo, cerrando los ojos. Aún los tenía así cuando habló.
-¿Cuánto cobrás?
John no la miró, sino que siguió posando sus ojos en el oscuro horizonte. Luego de unos momentos, respondió.
-¿A que te referís?
-Sabés a que.
-¿Por eso me seguiste toda la noche?
Esta vez, ella se tomó su tiempo.
-Tal vez. Las mercancías se valúan antes de adquirirlas.
-No me halagues.
-No me contestaste.
Ambos seguían sin mirarse, fumando y apoyados en el muro.
-Sos muy chica.
-No es así. Hoy en día a mi edad se tiene camino recorrido. Y más si hablamos de mí.
-Ponelo así entonces: soy muy grande para vos.
-Qué poca confianza en sí mismo. ¿No te creés capaz?
En ese momento, John se dio media vuelta y la miró. Ella hizo lo mismo.
-¿Qué buscás? Te lo pregunto en serio.
-Lo que ofrecés.
-Es más que eso.
-A mí solo me interesa eso.
-No creo que una chica como vos tenga problema consiguiendolo donde quiere. ¿Por qué recurrir a mí?
-Para probar nuevas sensaciones.
-¿A los veinte años?
-¿Qué mejor edad?
La mocosa ya lo tenía cansado. Qué más daba. Estaba buena y le iban a pagar. Pero sobre todo, iba a demostrarle con quién se metía. Estaba demasiado cocorita y alguien tenía que ponerle coto.
-Son doscientos, en efectivo y por adelantado -le respondió, mientras tiraba la colilla al suelo y la pisaba para apagarla.
-Me imagino que verdes.
-Te imaginás bien.
-¿Te parece si te los doy en el auto?
-Está bien. Andá trayéndolo, que yo entro un minuto y salgo.
Sin esperar respuesta, se volvió y enfiló hacia el boliche. La brisa soplaba suave y mecía los arbustos artificiales de la entrada.
Saludó con una inclinación de cabeza al portero mientras éste le abría la puerta. Dentro, la música estallaba en los oídos y la gente bailaba entusiasmada. Se dirigió a la barra y la encontró donde la había dejado.
-Marta, bonita -dijo, mientras tocaba el hombro de una mujer corpuleta de unos cuarenta años.
La aludida giró el asiento y lo miró, sonriendo, mientras sorbía un trago con pajita. A pesar de maquillarse en exceso, tenía unos ojos marrón claro que resaltaban sus facciones y de los cuales partía una mirada pícara, seductora.
Al pensar eso, John tuvo un rápido déjà vu, del cual salió cuando Marta le habló.
-¿Te despejaste, cariño?
-Sí. Siempre viene bien el aire fresco de la noche.
-Me alegro.
-Escuchame, me tengo que ir. Me acaban de avisar que internaron a una tía y...
-Shh -le dijo Marta, mientras ponía un dedo en sus labios- no me tenés que explicar nada. Andá, que ya nos veremos.
Acto seguido, sacó de su brasier un par de billetes envueltos y se los entregó.
-Buen trabajo el de hoy, aunque haya sido incompleto. Me lo cobraré la próxima. Adiós.
Sonriendo y asintiendo, John abandonó el lugar. A la salida, se paró un momento en la puerta, buscándola con la mirada. La vio unos metros más allá, estacionada sobre la calle.
-Estoy listo -dijo, una vez que entró al auto.
-Acá tenés tu paga, en verde contante y sonante.
Se metió la mano en el brasier, sacó el dinero y se lo entregó, añadiendo:
-Sos caro, ¿eh? Más vale que lo valgas.
-Con creces -respondió, mientras lo guardaba junto con el dinero que le acababan de dar.
La chica condujo vertiginosamente hasta un pequeño hotel con modalidad de bungalows en el barrio más exclusivo de la ciudad. Se apearon y dirigieron hacia la recepción, mientras un ballet parking se encargaba del deportivo.
La recepción estaba iluminada tenuemente. Detrás de un mostrador con mesada de roble lustrada hasta el reflejo, estaba el encargado impecablemente uniformado.
-Buenas noches. Bienvenidos al Fland Apart.
La muchacha se hizo cargo de la situación, mientras John observaba, unos pasos por detrás de ella. Una vez concluído el papeleo, un botones los acompañó hasta el bungalow y les dio la indicaciones usuales. Luego de tener una generosa propina en la mano, los dejó a solas. No habían cruzado palabra hasta entonces.
John se sacó el blazer y lo colgó prolijamente del resplado de una silla.
-¿Qué te sirvo? -preguntó, mientras se dirigía al minibar.
-Dom Perignon -le contestó, mientras se quitaba las sandalias de taco alto.
-El vino es más estimulante en estos casos.
-¿Ah sí? Entonces vamos a hacerle caso al experto.
John terminó de servir y se acercó con dos copas de vino de exquisito aroma. Le tendió una y se sentó en el borde de la cama, frente a ella.
-Por hoy -brindó.
-Por vos -lo corrigió ella.
Bebieron en silencio y ella lo miró. John volvió a sentir que ya conocía esos ojos, esa mirada, de algún lado, pero no tuvo tiempo de pensar más. La chica había dejado a un lado su copa y se abalazó sobre él, besándolo intensa, fúricamente. Su copa cayó al piso, manchando la moquette, y a los segundos la acompañó su camisa.
Luego del encuentro, que fue uno de los más salvajes y desesperados que John recordaba haber tenido, estaba tendido en la cama, a medio tapar. Ella se estaba terminado de vestir. Luego de arreglarse el pelo con la mano rápidamente frente al espejo, sacó de su bolso un cigarillo y se acercó a él.
-¿Fuego? -pidió, y sonrió.
John le encendió el cigarillo, tal cual había hecho un par de horas antes.
-¿Qué tal? -le preguntó.
-Gasté bien los doscientos palos -contestó ella, sonriendo.
Exhaló el humo con satisfacción, cerrando los ojos, mientras seguía de pie junto a la cama.
-¿Ves que sí..
Pero no llegó a terminar la frase. La chica le puso un dedo sobre los labios mientras se acercaba a su oreja, con el cuerpo apoyado sobre el de él.
-Hablás mucho, chiquito -le dijo con voz suave. Sólo te voy a decir una cosa: mamá tenía razón, sos bueno. Siempre tuvo paladar fino. Ya nos veremos.
Lo último que John vio fueron esos ojos marrones, que se clavaron una milésima de segundo en los suyos, para luego desaparecer por la puerta rápidamente junto con su dueña, acompañados del ruido apagado de los tacos al repicar en el suelo.