Bien sabido es que en un día común de semana (y viernes aún más) entre las 18 y 20hrs. PM la gente va a en masa al supermercado a realizar sus compras. Es entendible, puesto que a esas horas se suele retonar al hogar luego de la jornada de trabajo. Pues yo no lo sabía. O no lo recordé. O lo recordé pero no hice nota mental de ello (o sea, pegar un post-it resaltado con dos neuronas en el cuerpo calloso del cerebro), por lo que varias veces me encontré con la horda a la hora de hacer mis humildes compras.
Si es por la incomódidad de las colas y la espera, no me molestaría en demasía; a esa hora no suelo andar con prisas. Pero cuando un artículo no está correctamente (o directamente no está) etiquetado con su precio y código de barras, cuando un despitado que tomó algo que no quería o que no le da el dienero pide una devolución, cuando alguien se olvidó de pesar los tomates y las bananas ecuatorianas, o simplemente cuando hay cambio de cajeras y llevan y traen tremenda parafernalia que lleva tiempo acomodar, ahí si me jode la vida. Y más aún cuando la cajera, con cara neutra tirando a no-soy-tu-amiga o soy-una-amargada o acabo-de-confundir-el-cloro-con-el té, te dice Está trancada, ¿sabés? Sí, claro que lo sé; hace tres horas que estoy parado haciendo la cola y mirando, gracias por nada. A continuación, alguna más amorosa te ofrece ir a otra caja, por tu propia comodidad. Lo que la amorosa señora cajera no sabe (si lo sabe te toma el pelo de manera alevosa) es que TODAS las cajas están con colas, y da más o menos lo mismo esperar acá que pararse atrás de la viejita de 86 años que lleva un carro y una chismosa llenas de verduras y leche, de la familia de los tres niñitos insoportables que piden a gritos chocolates, stickers y papitas y de la chica 90-60-90 superada que carga con pesadumbrez una canastita rebosante de productos Viva y Ser.
Aún con este panorama tan desolador, me cambio de caja, para una que estaba (¡oh milagro del Santísimo Jescuristo resucitado!) con una sola persona, que (milagro del Santísimo Jescuristo resucitado bis) tenía unos cuatro artículos. Raudo como Speedy González me acomodo detrás de la susodicha, orgulloso de mi agudeza visual y mental para encontrar cajas rápidas. Cuando la cajera pasa el último artículo delante del lector infrarrojo, a un paso de ser yo el próximo, la Hipercard (tarjeta del supermercado) del señor aparentemente no puede ser leída, y por lo tanto, el señor perdería las hipermillas de su voluminosa y costosa compra de ¡cuatro! artículos...
La señorita cajera, siguiendo a rajatabla el procedimiento establecido para el caso (Qué-hacer-cuando-la-Hipercard-no-es-reconocida-y/o-presente-algún-otro-tipo-de-anomalía-que-le-impida-a-nuestro-querido-cliente-irse-a-su-casa-con-la-seguridad-de-que-a-fin-de-mes-podrá-tener-una-tabla-de-picar-más-en-su-cocina-donde-ya-tiene-siete), llama a la supervisora (que demora en venir, como siempre) y le dice al siguiente cliente, o sea yo, que la caja está trancada. Mi centro de control se enloquece como enloquece Houston cuando se da cuenta de que el Discovery pierde oxígeno a 11.000 kilómetros de distancia con cinco astronautas a bordo. Sin embargo, mantengo la calma y pongo cara de póker. Miro en derredor: todas las cajas están saturadas. Continúo mirando. Evidentemente, mi cara de póker devino en alguna expresión facial de frustación, decepción, cólera, o ira, ya que la señorita cajera me dice enseguida pero no demora mucho, joven. Esas palabras fueron como bálsamo para una herida. Efectivamente, a los pocos segundos se arregló el tema de la Hipercard del señor (que se fue feliz, seguro de que podrá canjear su octava tabla de picar dentro de pocas hipermillas más) y yo ocupé triunfal el lugar frente a la cajera, donde se ubica el cliente atendido (casi un honor). Sonreí como gesto de agradecimiento a la cajera (que tendría entre 25 y 27 años pero me llamaba joven, lo cual, en mi mente, la transformaba a ella en vieja; a Dios gracias que carecía de conocimiento de legeremancia). Pagué, tomé mis compras y me perdí entre la niebla de la fría noche montevideana...
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