
Karl Marx es conocido a nivel casi cósmico por ser el fundador de la corriente filosófica y política que lleva su nombre (marxismo), que se coloca como un antisistema frente al capitalismo, y, a través de revoluciones, que incluyen la violencia, transformar la organización social de la humanidad para "vivir mejor y alcanzar la felicidad".
Ahora bien, de éso ya tenemos hasta el hartazgo. Suficiente lo repetimos en clases, grupos, escritos, parciales, exámenes y lecciones orales, además de algunas charlas extra acdémicas en casa o con amigos. Lo que nos ocupa hoy es la parte más desconocida de este señor Marx: su vida privada.
El enemigo más acérrimo del capitalismo y las "relaciones de producciones" imperantes que éste proponía era hijo de la casta social que lo ideó. Así es, mi querido lector, Marx era un desdeñable y asequeroso burgués. Sin embargo, nuestro barbudo amigo no demoró en desligarse de esta ignominable condición y ponerse en el right side, el de los explotados y sufridos obreros marginados. Así fue que toda su vida vivió en la cuerda floja económica, pasando terribles penurias (como tener sólo papas para comer, cuando había suerte), que tuvieron como consecuencia la muerte de tres de sus hijos (Guido, Francesca y Edgard) por las condiciones de vida que debían soportar.
Esto sinceramente llama la atención en alguien que cataloga a el capitalismo como frío, antisentimental y sin emociones, cuando él mismo dejó morir a sus hijos (que seguramente, de haber llevado una vida sin tantas penurias, hubieran vivido), siendo que su profusa preparación académica y sus contactos, le hubiesen permitido desempeñar un cargo suficientemente bien remunerado para mantener adecuadamente su familia.
Sin embargo, prefiró aferrarse a sus principios y dogmas como una boa constrictor a su presa. Así se describe en unos papeles que, se presume, escribió su hijo Edgard antes de morir, y fueron repasados por Engels:
"Pero sé que él jamás me hubiese hecho caso, pues anteriormente, cualquier persona o institución que se interponía en sus ideales, dejaba de tener valor para mi padre, por algo renunció a su nacionalidad, a su suegro e incluso a su propio padre, el abuelo que jamás llegué a conocer."
Cada uno puedo opiniar lo que desee, y sin duda que es punto a favor de Marx el haber defendido hasta la muerte (de sus hijos) sus ideales; ahora bien, tengo que reconocer que yo flaquería ante la ingominia de tener que retractarme de mis principios si alguno de mis seres queridos se viera en peligro de muerte...
Ahora bien, hay otro pecadillo en el legajo de don Marx, aunque bastante menos grave que el descrito anteriormente: al parecer, tuvo una relación sentimental con su ama de llaves, Helene Demouth (ambos hechos típicos de su repudidada clase social: el tener mucama y el acostarse con ella; aparentemente, le costó desprenderse de algunos vicios de cuna...).
Este planteo se ve apoyado por, entre otros datos, los escritos de Edgard, que a través de la ironía, plasmó en tinta y papel la situación:
"[...] aunque no peor que Helene, a la que yo quiero como una madre [...]"
Y como si esto ya fuera poco, de la (o las) noche(s) de encendida pasión proletaria que Herr Marx pasó en compañía de Helene (y no precisamente discutiendo retoques a El Capital), surgió Frederick. Así se llamó puesto que el amigazo de Marx, el también burgués Frederick Engels, nuevamente le sacó las papas de fuego (le mantuvo económicamente, a él y su familia, por años, le ayudaba en la confección de sus escritos y luego los repasaba, y además pronunció el discurso en su funeral), reconciendo como suyo a Frederick, y dandole su nombre, para que a nuestro amigo Marx son se viera inmerso en problemas conyugales y familiares, que se ve que no eran convientes para su figura pública (¿no es éste un típico comportamiento de los más recalcitrantes conservadores de las clases altas? ¿el esconder todo para no sufrir escarnio público y mantener figura impoluta? ¿la apariencia ante todo?).
Varias sorpresitas nos dio Karlitos años después. Y no es que no tuviera derecho a hacer lo que se le antojara, mientras no lesionara el derecho de terceros, pero no si el discurso es uno y las acciones otras. ¿Haz lo que yo digo pero no lo que yo hago...? Eso sí, ¡cómo me gustaría tener a un Engels de amigo!